El derecho a la holgazanería en una sociedad dominada por la tiranía de la productividad.
No hacer nada trae muchos beneficios para la salud y la mente.
Vivimos constantemente amenazados por la eficiencia, de dónde viene esta forma de vida impuesta y reclamar el derecho a no hacer nada resulta hoy muy subversivo.
«El trabajo os hará libres» coronaba la puerta de entrada del campo de concentración y de exterminio de Auschwitz. Que fuera esa la elegida y no otra no fue casualidad. Marx ya escribió en El capital que «el reino de la libertad solo empieza allí donde cesa el trabajo impuesto por la necesidad”
El derecho expreso a la pereza, al no hacer nada, a la horizontalidad, es algo de lo que siempre han gozado las clases altas y que ya es hora de reclamar para todos. Es preciso liberarnos del yugo del neoliberalismo que nos impone ser productivos incluso en nuestras horas muertas y disfrutar de ello. ‘Dolce far niente‘, que dicen los italianos. El placer de no hacer nada.
Ahora que la salud mental está sobre la mesa, es necesario que reflexionemos sobre cómo el capitalismo también nos ha convencido de que solo en nosotros está la llave que abre la puerta de la recuperación. Las noches sin dormir serían las consecuencias a males sistémicos que no se arreglan de forma individual, por eso pide también la implicación de los agentes políticos.
Literalmente, «dolce far niente» significa «dulce hacer nada» o «la dulzura de no hacer nada». Representa una forma de vida que valora la pausa, la introspección y la conexión con uno mismo. Se puede practicar observando el entorno, respirar profundamente y apreciar los pequeños detalles. Hay que buscar momentos de serenidad en la rutina diaria, ya sea tomando un café, paseando o simplemente contemplando. En resumen, «dolce far niente» es una invitación a desacelerar, valorar la pausa y encontrar la belleza en la simpleza de no hacer nada, una filosofía que puede enriquecer nuestra vida y mejorar nuestro bienestar.
Desde niños nos han dicho que siempre hay que ocupar el tiempo en algo, y no hacer nada nos genera ansiedad. No obstante, pareciera que los sabios de la antigüedad (sin importar el país en el que nacieron) nos dejaron la posibilidad de desafiar el ritmo acelerado de los tiempos.
Aprender a aburrirse
No hacer nada es, en realidad, hacer mucho. No es echarse una siesta; es algo más profundo. El arte de no hacer nada consiste en dedicar un momento a la relajación y a la conciencia de vivir en el momento. Desde sentarse en un café y ver a las personas que caminan por la calle, y dejar la vida pasar para descubrir el encanto que tiene la simpleza de la vida. Se trata de un tiempo para desconectarse de la tecnología, para no pensar en preocupaciones del futuro o remordimientos del pasado.
Esto está muy relacionado con nuestra manera deplorable de gestionar el aburrimiento: No solo de pequeños, pero también de adultos. Con el aburrimiento se construyen cosas, ideas surgen. Cuando no se está haciendo absolutamente nada nos viene una idea y empezamos a construir sobre ella. Si no nos hubiéramos aburrido y estuviéramos haciendo cualquier cosa no hubiera surgido esta idea. Ya escribió Pascal, es preciso aprender a aburrirse y elegir voluntariamente este aburrimiento.
La idea es introducir en nuestra rutina pequeños momentos de serenidad. Primero algunos minutos, para disfrutar el presente y luego quizá una hora. La idea es que en un futuro podamos practicar el dolce far niente de forma original y nos detengamos en una calle a sentir el aire y a ver lo que nos rodea.
La ciencia indica que desconectarnos de nuestras tareas puede traer múltiples beneficios para la salud. Darle un descanso al cuerpo ayuda a que la mente (el cerebro) se oxigene y que pueda recargar energía reduciendo el estrés. Tomar un descanso nos permite mantenernos mejor enfocados (y positivos) durante todo el día.



