El espejismo del norte de España: las pensiones ocultan una crisis de crecimiento

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Galicia, Extremadura y Castilla y León lideran el crecimiento del PIB per cápita desde el estallido de la crisis, una noticia muy positiva que maquilla una situación peligrosa

Este año, en 2019, todas las comunidades habrán superado su nivel de PIB previo a la crisis, según las previsiones de PIB regional publicadas por Funcas esta semana. Asturias ha sido la última, con su eterna agonía de la reconversión fallida. Han tardado algo más de un decenio en lograrlo, un periodo que ha sido muy complicado y que ha dejado profundos cambios en la composición del crecimiento nacional.

Las regiones que destacan por arriba se concentran en el noroeste de España y el interior: Galicia, País Vasco, Castilla y León y Extremadura. Por extraño que parezca, las cuatro lideran el crecimiento del PIB per cápita entre 2008 y 2019, con un avance del 9%. Ninguna otra comunidad ha logrado tales cifras, la media nacional es del 6,5%, lo que evidencia un importante avance de la productividad. Y no se trata de un movimiento aislado, es la tendencia de fondo que lleva presente desde el año 2000.

Los recursos por habitante han crecido de forma abultada en las regiones del norte y el interior, la ‘España vacía’, lo que explica por qué su nivel de vida es superior a la media nacional. Sin embargo, la realidad es que estas regiones tienen poco que celebrar. El norte de España sufre un profundo problema de crecimiento que está oculto en la elevada renta que tienen los hogares. Las familias han mantenido un nivel de vida elevado durante las últimas décadas, lo que ‘endulza’ la agonía de su economía, que apenas avanza y crea muy poco empleo.

El crecimiento del PIB per cápita de estas regiones no se debe a un gran avance del PIB, sino a la despoblación. Por ejemplo, Castilla y León ha perdido al 5,9% de su población, Asturias, al 4,9% y Galicia y Extremadura a más del 2%. Esta caída de la población explica por qué con crecimientos reducidos del PIB han logrado tasas tan elevadas de PIB per cápita. Sin embargo, todas ellas se sitúan a la cola de crecimiento en PIB absoluto.

Hay un factor decisivo en este crecimiento del PIB per cápita y es que estas regiones del norte y del interior se han vaciado de gente joven. En muchos casos se trataba de personas que emigraban para estudiar o para conseguir su primer puesto de trabajo. Los datos son alarmantes: Asturias ha perdido al 39% de su población de entre 20 y 35 años. Y la situación no es mejor en Castilla y León, Galicia, País Vasco o Cantabria, ya que todas ellas han perdido más del 30% de la población en esta franja de edad.

Todos estos jóvenes emigrantes apenas aportaban al PIB cuando se marcharon, ya que no producían nada o prácticamente nada: o bien eran estudiantes o trabajadores de escaso valor añadido. Esto significa que esta pérdida de población provocaba automáticamente un aumento del PIB per cápita por efecto composición. Así se explica que estas regiones hayan logrado unos crecimientos per cápita tan abultados.

Sin embargo, la despoblación en esta franja de edad es la más peligrosa, ya que esta cohorte es justo la que garantiza el futuro de una región. Primero porque tienen por delante toda su vida laboral para aportar valor añadido y cotizar. Y, segundo, porque están en edad fértil para garantizar la siguiente generación. Por eso el crecimiento del PIB per cápita en estas regiones oculta el verdadero drama: el envejecimiento.

La salida de gente joven ha acelerado el aumento de la edad media de la España vacía. En Asturias más del 25% de la población tiene más de 65 años y en Galicia y Castilla y León supera el 24%. El envejecimiento ha producido una salida muy lenta de la crisis en todas estas comunidades. La correlación entre demografía y crecimiento es impecable y lo que muestra es que las regiones jóvenes tienen un gran dinamismo, mientras que las envejecidas están estancadas.

Asturias es el ejemplo perfecto, ya que es la comunidad con menor porcentaje de población joven (apenas el 13% tiene entre 20 y 35 años) y con más personas mayores (el 25% tiene más de 65 años). El resultado de esta composición demográfica tan negativa es que su economía es la que menos ha crecido entre 2008 y 2019, con un avance de apenas el 1,9%.

Y la situación se repite en el resto de comunidades. Las que están más envejecidas crecen menos, y las que son más jóvenes, se disparan. Es el caso de Baleares, cuyo PIB ha crecido un 20% desde 2008 y apenas tiene un 15% de su población mayor de 65 años.

Y los datos son similares en cuanto a la evolución del empleo durante la crisis. Actualmente, España está todavía lejos de recuperar el nivel de ocupación previo a la crisis, en especial si se mide en empleo equivalente a tiempo completo, que es como se hace en la contabilidad nacional. Esta medición tiene la ventaja de que evita la ‘trampa’ del empleo a tiempo parcial. Lo que muestra el gráfico es que las regiones más envejecidas han destruido mucho más empleo durante la crisis y han recuperado menos en la actual fase de crecimiento.

La dulce agonía

El crecimiento del PIB per cápita en estas regiones significa que los recursos que tiene cada habitante son elevados. En el caso del norte de España, son incluso superiores a la media nacional. Esto hace que el nivel de vida siga siendo alto en comunidades como Asturias, Cantabria o País Vasco. Los niveles de desempleo son reducidos y la renta de las familias es elevada.

De este modo, la agonía por la falta de dinamismo económico y la despoblación no llega a sentirse en los hogares. Pero ¿cómo es posible mantener estos niveles elevados de renta si cada vez hay menos fuerza de trabajo para sostenerla? La respuesta es sencilla: por las pensiones. Las comunidades del norte de España perciben una gran transferencia de rentas desde el resto del Estado cada mes para pagar las pensiones. Esto explica por qué los niveles de consumo, en especial de servicios, se ha mantenido tan dinámica.

Una vez más, Asturias es el ejemplo límite. En esta comunidad, el gasto de la Seguridad Social en pensiones es más del doble de los ingresos por cotizaciones que genera en la región. Su caso es excepcional, ya que las elevadas pensiones de los mineros tienen un elevado coste para el erario público. En 2017, Asturias percibió pensiones por valor de 4.433 millones de euros y aportó menos de 2.100 millones por cotizaciones.

Pero la situación no es muy diferente en el resto de regiones del norte. Cantabria, Castilla y León y Galicia están cerca del umbral en el que su gasto en pensiones duplique las cotizaciones. Por el contrario, Baleares, Canarias y Madrid son las únicas comunidades que todavía se pagan sus pensiones. Baleares, por ejemplo, tiene un excedente del 25% de sus ingresos. Sin embargo, su PIB per cápita apenas ha crecido un 4,1% en este periodo, por debajo de la media nacional. En su caso, como en el resto del Mediterráneo, los pobres datos de PIB per cápita responden al ‘boom’ del turismo, que tiene una productividad muy baja, algo que también es un problema.

Las comunidades del norte no tienen las pensiones regaladas, sino que se las han ganado tras décadas de cotizaciones. Durante muchas décadas sí fueron las zonas más dinámicas de España, en especial gracias a la industria, y su solidaridad contribuyó al crecimiento de otras comunidades. Esos elevados salarios desde los ochenta hasta los dos mil generaron las pensiones actuales.

De esta forma, la pérdida de población joven ha quedado maquillada por la entrada de miles de millones de euros en pensiones. Además, una transferencia que es la más segura, ya que ni sufre las crisis, ni se deteriora con la inflación.

Las pensiones sostendrán la economía del norte de España mientras dure la generación del ‘baby boom’. Su PIB per cápita se mantendrá alto gracias a las transferencias de la Seguridad Social y el consumo seguirá siendo la fuente principal de crecimiento. Sin embargo, el riesgo latente de la pérdida de población y dinamismo seguirá carcomiendo su economía, a menos que alguien lo solucione.

En muchas ocasiones se apela a la industria como la clave del crecimiento del norte de España en comparación con el sur. Esto fue así en el pasado, pero cada vez tiene menor influencia. Desde el estallido de la crisis la comunidad en la que más ha crecido la producción industrial ha sido Murcia, con un avance del 25%. Sin embargo, las regiones del norte se sitúan en puestos rezagados.

Asturias ha perdido un 6,7% de su producción industrial entre 2008 y 2018; Galicia, el 1,2% y Castilla y León el 0,9%. Todas ellas están muy lejos de la media nacional, que ha crecido un 5,3%. Otras, por el contrario, sí que han mantenido un elevado dinamismo industrial como País Vasco, Cantabria o Navarra, que han crecido más rápido que el Estado. Lo que está claro es que no es la industria lo que ha permitido tal crecimiento del PIB per cápita en las regiones despobladas. De hecho, su economía se está volcando en el sector servicios, debido a que la demanda de sanidad y dependencia es creciente con la edad.

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