Llevamos 100 años con las 40 horas semanales: ¿podríamos trabajar menos?

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Hace un siglo que se aprobó la jornada laboral de 40 horas en España: fue en abril de 1919, tras la huelga de la empresa eléctrica La Canadiense, que se alargó 44 días. La jornada laboral de 40 horas semanales se fue extendiendo por todo el mundo a partir de la manifestación del 1 de mayo de 1886 convocada en varias ciudades de Estados Unidos con este objetivo.

Un siglo después, la sociedad ha cambiado mucho. Por ejemplo, contamos con herramientas que han hecho más fácil y rápido nuestro trabajo, al menos sobre el papel: maquinaria, teléfonos, ordenadores… Sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido. Es más, la idea de trabajar seis o siete horas diarias por el mismo sueldo genera rechazo en muchos sectores (y no solo empresariales).

Inmaculada García, economista y profesora en la Universidad de Zaragoza, recuerda que «antes se trabajaba los sábados y ahora tenemos más días festivos a lo largo del año”, pero también le parece “curioso que todo haya cambiado tanto y eso no”.

“Alegría de vivir, en lugar de nervios gastados”

Marta Martínez, economista y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid, opina que no es necesariamente tan extraño que sigamos con la misma jornada: «Podemos caer en la falacia de la cantidad fija de trabajo. En realidad, la cantidad de trabajo que hay en una economía puede variar con el tiempo». Es decir, a lo mejor podemos producir más que hace 100 años, pero también puede que necesitemos hacerlo.

Aun así, son muchos quienes han llamado la atención sobre el hecho de que no se haya seguido reduciendo la jornada laboral. Ya en los años 30, el economista John Maynard Keynes y el filósofo Bertrand Russell confiaban en un futuro en el que trabajaríamos menos horas, lo que podría llevar a un mayor bienestar, cultura y curiosidad: “Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia”, escribía Russell en su Elogio de la ociosidad. Y no era una idea solo de académicos: en 1956, Richard Nixon, entonces vicepresidente de Estados Unidos, ya auguraba una semana de cuatro días laborables.

En su libro Utopía para realistas, el historiador Rutger Bregman apunta que este objetivo de seguir reduciendo la jornada, como se había ido haciendo hasta llegar a las 40 horas, se vio truncado en los años 80. Durante esa década muchos trabajadores pasaron a hacer horas extra y sumar más de ocho horas diarias de faena.

Y eso a pesar de que trabajar más horas ni siquiera se traduce necesariamente en una mayor productividad. Durante la crisis del petróleo y en medio de una huelga de los mineros, el Gobierno británico impuso una semana laboral de tres días en enero de 1974, que se prolongó hasta marzo, para ahorrar energía. Según recoge Bregman en su libro, las pérdidas de producción solo llegaron a un 6 %, muy lejos del 40 % que cabría haber esperado.

Se trataba de una situación excepcional en un momento histórico muy concreto, pero tampoco debería haber sorprendido tanto: en 1926, lo habitual era trabajar seis días a la semana, pero Henry Ford rebajó esa cifra a cinco días y 40 horas, sin tocar los sueldos de sus empleados y tras comprobar que la productividad no se veía afectada. El propio Ford escribió que “la semana de cinco días no es el fin último, y tampoco lo es la jornada de ocho horas”.

De hecho, más horas de trabajo no significan más creatividad y productividad. A menudo es todo lo contrario, por culpa del estrés y del cansancio.

En declaraciones de 2018, Elon Musk aseguró que trabaja 80 horas semanales y que “nadie ha cambiado el mundo trabajando 40 horas a la semana”. Es posible que la razón sea que 40 horas son demasiadas: “Las investigaciones apuntan a que alguien que se nutre constantemente de su creatividad puede, en promedio, ser productivo durante no más de seis horas al día”, escribe Bregman en su libro.

Los beneficios de una jornada más corta no son solo en términos de “productividad”, sino también, claro, a nivel personal. Bregman apunta que “una semana laboral más corta podría reducir a la mitad las emisiones de dióxido de carbono este siglo”. También ayudaría a la igualdad: “Los países con jornadas semanales cortas siempre están en lo más alto de los ránkings de igualdad”.

Por no hablar de los beneficios para la salud. Como recuerda Douglas Rushkoff, profesor de la Universidad de Nueva York, en su libro Throwing Rocks at the Google Bus, tanto las horas extra como la sobrecarga de trabajo “están estadísticamente vinculadas con enfermedades mentales y cáncer”.

Experiencias recientes

Los ejemplos de reducción de jornada no son solo anécdotas históricas. Los 240 empleados de la gestora neozelandesa Perpetual Guardian trabajaron 32 horas y cuatro días a la semana durante dos meses de 2018: se mantuvo la productividad y los empleados faltaban menos e incluso eran más puntuales. Según recoge la web de la empresa, la prueba se ha convertido en una decisión permanente.

El fundador de la compañía explicaba a The New York Times que prefería negociar tareas con sus empleados y no basar los contratos en horas: “De otro modo, estás diciendo que eres demasiado vago para saber qué quieres de tus empleados, así que les vas a pagar solo por venir».

Hay y ha habido experiencias en Japón, en Reino Unido y también en Estados Unidos. Algunas de estas compañías mantienen las 40 horas semanales, pero en cuatro días, y otras las dejan en 32, en ocasiones manteniendo los salarios. En el caso de una residencia de ancianos pública de Gotemburgo (Suecia), la iniciativa no se prolongó más allá de la prueba, que duró dos años, debido a los costes. Sin embargo, pacientes y trabajadores valoraron positivamente la experiencia y otras ciudades del país anunciaron iniciativas similares.

Sin embargo, Martínez recuerda que los cambios introducidos a gran escala no siempre han salido bien. Cita estudios sobre Alemania, donde en los años 80 se negoció en el sector del metal la reducción de la semana laboral a 38,5 horas, y sobre Francia, que en los años 90 la rebajó por ley el límite semanal de 39 a 34 horas. «Estas decisiones tuvieron consecuencias negativas para el empleo a medio plazo».

Pero sucedió lo contrario en Portugal, que en 1996 llegó a un acuerdo para trabajar 40 horas a la semana (eran 44). En este caso, los efectos fueron positivos. Como apunta Martínez, los resultados de estos cambios no son absolutos: «Depende de cada país, de cada sector, del ciclo económico. No hay un número ideal de horas».

Entonces, ¿es posible?

Para la economista Inmaculada García, la reducción de jornada pasaría por una negociación colectiva entre empresas y sindicatos que fuera beneficiosa para ambas partes, cosa que parecería posible en caso de que se comprobara que la productividad no se ve afectada. Sin embargo, también recuerda que “estos cambios siempre son lentos” y que “no es un tema al que se le esté dando importancia en las negociaciones”.

Además de eso, “resulta difícil hablar de todo el trabajo en general”, ya que hay empleos “que están vinculados con las horas, como el comercio y la atención al público”. En estos casos, no es tan fácil reducir el horario de trabajo y mantener la productividad, como sí puede ocurrir en otros sectores.

Marta Martínez, de la UAM, apunta además que no es fácil reducir la jornada con la idea de aumentar la contratación: incorporar a un nuevo trabajador «incrementa el coste más que proporcionalmente». Es decir, es más caro tener a cuatro personas trabajando 30 horas cada una, que a tres trabajando 40.

En su opinión, es muy difícil hacer predicciones, sobre todo en un momento en el que el cambio puede venir de otro lado: la automatización puede hacer obsoletos muchos puestos de empleo, sobre todo los basados en tareas repetitivas: «Algunos pueden desaparecer, pero otros crecer». De nuevo, depende de muchos factores.

Además de todo esto, el trabajo para muchos no es solo un medio para pagar el alquiler. Como escribe el periodista Derek Thompson en The Atlantic, también se ha convertido en “un medio de producción de identidad”, una nueva religión que él llama “trabajismo”. A menudo se nos presenta el trabajo como si fuera la única actividad que da sentido e importancia a nuestras vidas, o la que lo hace en mayor medida, lo que lleva a algunos a querer trabajar más de lo que en realidad hace falta.

Es decir, reducir la jornada de trabajo no es fácil. Pero puede que lo primero que tengamos que hacer es convencernos a nosotros mismos de que hay vida fuera de la oficina y que estar siempre liadísimo y hasta arriba no es ninguna medalla. Es más, si no hacemos vacaciones ni (al menos) salimos a nuestra hora, puede que estemos trabajando mucho, pero también es posible que estemos trabajando mal.

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