2020. El teletrabajo: el año que cambió para siempre a las empresas

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Lo que se instaló como remedio casero contra la crisis del coronavirus se ha terminado instalando como un modelo laboral en buena parte de los puestos que se pueden realizar en remoto.

Ante la disyuntiva de cerrar temporalmente el negocio (mandando al ERTE a su plantilla) o seguir operando en remoto, la mayoría de las empresas que disponían de esta posibilidad escogieron el pasado marzo implantar el teletrabajo. Fue una solución temporal, un mal menor para un sistema demasiado acostumbrado a la presencialidad. Pero funcionó. Desde que comenzara la crisis del coronavirus, el porcentaje de españoles que han teletrabajado en algún momento ha pasado del 5% al 34%, mientras que más de un 60% espera poder seguir trabajando en remoto a partir de ahora.

De hecho, según un reciente informe llevado a cabo por Randstad, existe una tendencia claramente al alza: el 62,5% de los trabajadores españoles espera que el teletrabajo continúe siendo una herramienta habitual de trabajo una vez terminada la pandemia. Y, de manera inusual, se trata de una voluntad que nos sitúa a la vanguardia de la UE (2,9 puntos más que el 59,6% que marca la media comunitaria) e, incluso, por encima de la media mundial (62,1%). Porque, como sucediera durante la campaña electoral de 1992 en EEUU, cuando George H. W. Bush se empeñaba en defender la Guerra del Golfo y Bill Clinton se centró en recordar lo que realmente importaba (la economía), el teletrabajo es el inesperado tema de debate de este extraño 2020.

Por manido que sea, el ejemplo de Clinton es especialmente útil. Su famosa frase en aquellos debates (“¡es la economía, estúpido!”) jamás fue pronunciada por sus labios, sino que se trata de uno de los puntos que sus asesores le habían escrito en los carteles que el futuro presidente utilizaba para refrescar la memoria en el plató. Algo similar a lo que ha ocurrido este año con el teletrabajo: mientras que la mayoría de los analistas se centraba en los primeros días del confinamiento en la crisis sin precedentes que provocaría el cierre de negocios, casi nadie pensaba (o no quería pensar) que el trabajo en remoto podría salvar buena parte de nuestra economía. Y vaya si lo ha hecho.

No es de extrañar que quienes llevan años teletrabajando griten ahora aquello de “¡es el teletrabajo, estúpido!”. Porque ni siquiera el Gobierno estaba preparado para ello y tuvo que aprobar ‘ad hoc’ una Ley del Teletrabajo que, si bien no contenta a todos, establece unos mínimos consensos por los que se reconocen, por primera vez, una serie de derechos inherentes a todo empleado que opere en remoto. A saber: que por fin se define qué es el teletrabajo (cuando se realiza desde casa un mínimo del 30% de la jornada o el porcentaje proporcional equivalente en función de la duración del contrato de trabajo) o que la empresa debe proporcionar las herramientas necesarias para llevarlo a cabo, incluido un ordenador o una línea de internet.

Las oficinas, un mal evitable

Algo realmente útil en plena segunda ola (o tercera, según quien haga la cuenta) de coronavirus en España. Aunque las oficinas se han adaptado con medidas sanitarias sin precedentes (turnos divididos, espacios entre mesas para garantizar el espacio social de 1,5 metros, uso de mascarillas, desinfección constante de puestos de trabajo…), siguen siendo un mal evitable, especialmente si tenemos en cuenta que se trata de un foco de contagio que solo controlamos parcialmente: por mucha desinfección y distancia que dejemos, jamás se podrá controlar la conducta de un empleado durante su tiempo de ocio y, salvo casos excepcionales, la empresa no podrá limitar que se exponga innecesariamente en entornos cerrados siempre que cumpla con la ley vigente. 

De ahí la importancia capital del teletrabajo en la lucha contra el coronavirus. Sin embargo, la gran pregunta ahora es qué pasará después de la pandemia. ¿Seguiremos trabajando en remoto? Sin más legislación que la actual, parece complicado mantener un sistema que ha terminado por disparar el estrés crónico de los empleados, a los que las empresas consideran disponibles las 24 horas del día: el porcentaje de españoles que padece síndrome ‘Burnout’ o de ‘desgaste profesional’ -reconocido oficialmente como enfermedad por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 2019- se ha disparado desde el 60% hasta el 75% en el último año.

Por el contrario, una de las grandes ventajas que ha demostrado el teletrabajo durante los últimos meses es la mejora de la conciliación laboral, especialmente en una época en la que las escuelas han ido abriendo y cerrando, y en la que siguen siendo habituales los contagios masivos de niños a los que hay que aislar de cuando en cuando. Y, más importante aún para las empresas, el teletrabajo ha demostrado ser el mejor mecanismo para evitar el cierre de negocios y el colapso de la economía. En parte, gracias al auge paralelo del e-commerce, pero especialmente porque en el mundo digitalizado en el que vivimos exige más flexibilidad que nunca.

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