¿Y tú que piensas?

Gracias a la Revolución Industrial se crearon por primera vez en la historia un incremento sostenido de la productividad laboral. Primero en Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII, luego en Europa Occidental y Norteamérica, hombres y mujeres se mudaron en masa desde el campo a las ciudades para satisfacer la creciente demanda de mano de obra de las fábricas.

Pero durante décadas, los trabajadores disfrutaron pocos de los beneficios del aumento de productividad. Trabajaban largas jornadas en condiciones asfixiantes, alojados en viviendas atestadas e insalubres, y con poco crecimiento de sus ganancias.

Con el tiempo, el capitalismo se transformó y sus beneficios comenzaron a repartirse más ampliamente. Esto se debió en parte a un alza de los salarios, resultado natural del agotamiento del excedente de trabajadores rurales. Pero además, los trabajadores se organizaron para defender sus intereses. También la democracia puso más límites al capitalismo. Las condiciones de empleo mejoraron conforme convenios negociados o impuestos por ley llevaron a una reducción de la jornada laboral, una mejora de las condiciones de trabajo y beneficios familiares, sanitarios y de otra índole. La inversión pública en educación y capacitación aumentó la productividad de los trabajadores y les dio más libertad de elegir.

En consecuencia, la participación de los trabajadores en los excedentes de las empresas aumentó. Los empleos fabriles no se hicieron más agradables, pero la aparición de empleos de oficina (servicios) hizo posible un nivel de vida de clase media, con todas sus posibilidades de consumo y oportunidades de estilos de vida.

De nuevo el avance tecnológico obró en contra del capitalismo industrial. La productividad de la mano de obra en las industrias manufactureras aumentó mucho más rápido que en el resto de la economía, haciendo posible producir la misma cantidad o más de acero, automóviles y dispositivos electrónicos con mucha menos mano de obra. De modo que los trabajadores “excedentes” se pasaron a las industrias de servicios: por ejemplo, educación, salud, finanzas, entretenimiento y administración pública. Así nació la economía post-industrial.

El trabajo se volvió más agradable para algunos, pero no para todos. Quienes tuvieran capacidades y conocimiento para prosperar en la edad post-industrial encontraron en los servicios oportunidades extraordinarias. Además, el trabajo de oficina permitió un grado de libertad y autonomía personal que las fábricas nunca ofrecieron. La jornada laboral era larga (quizá más que en las fábricas), pero los profesionales de servicios disfrutaban de un control mucho mayor de su vida diaria y sus decisiones laborales.

La transición a una economía de servicios fue generalmente acompañada por un debilitamiento de los sindicatos y las normas sobre protección del empleo e igualdad salarial, lo que menoscabó seriamente el poder de negociación y la estabilidad laboral de los trabajadores y se abrió una nueva grieta en el mercado laboral, entre los ocupantes de empleos estables, bien pagos y satisfactorios y los ocupantes de empleos fugaces, mal pagos e insatisfactorios.

Hoy la inmensa mayoría de los trabajadores todavía vive en países de ingresos bajos y medios, donde estas transformaciones todavía deben darse. Pero las fuerzas de la globalización y el avance tecnológico se han combinado para modificar la naturaleza del trabajo fabril y muchos de los países en desarrollo (tal vez la mayoría) se están convirtiendo en economías de servicios sin haber antes creado un sector fabril importante, en un proceso que he denominado “desindustrialización prematura”.
¿Será la desindustrialización prematura una bendición impensada que permita a los trabajadores de los países en desarrollo eludir la rutina del trabajo fabril?

Una sociedad donde la mayoría de los trabajadores puedan ganarse la vida como ‘cuentapropistas’ (comerciantes, profesionales independientes o artistas) poniéndose sus propias condiciones de empleo solamente es posible cuando la productividad de toda la economía ya es muy elevada. Los servicios de alta productividad (como la TI o las finanzas) necesitan trabajadores bien capacitados, a diferencia de lo que abunda en los países pobres.

De modo que hay buenas y malas noticias para el futuro del trabajo en los países en desarrollo. Gracias a las políticas sociales y los derechos laborales, los trabajadores se volverán actores plenos de la economía en un estadio mucho más temprano del proceso de desarrollo. Al mismo tiempo, es probable que el motor tradicional del desarrollo económico (la industrialización) funcione a media máquina y la combinación resultante (altas expectativas de la sociedad y baja capacidad de producir ingresos) será un gran desafío para todas las economías en desarrollo del mundo

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